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✶⋆.˚ Perra rabiosa ✶⋆.˚
"Las princesas se ven feas enojadas"
"No te enojes, que te arrugas"
"Estás histérica"
Gritar y llorar
Llorar y gritar
Un día le pregunté a mi mamá que porqué "perra" era una mala palabra
y que porqué los hombres le decían así a las mujeres,
ella me respondió que porque las perras cogen con sus padres, con sus hermanos,
sus hijos, los hijos de sus hijos
y con cualquier perro que se encuentren.
Nunca he conocido a una mujer que hiciera eso,
pero si a un wey,
el mismo wey que me dijo "perra" porque no quise coger después de una cena de $199 que pagó en un burger king
me dijo PERRA
Y si, estoy como una perra doberman,
gruñendo y con burbujas de baba entre los dientes
y la saliva escurriendo,
como siento que escurre mi sangre,
por mis ojos,
porque de tanto pinche coraje ya se me reventaron los putos vasos sanguíneos.
Claro que voy a estar como una pinche perra rabiosa porque estoy menstruando,
¿Cómo no estarlo?
SI el primer estudio con sangre menstrual real se hizo apenas en 2024,
claro que no voy a saber que es lo que me pasa,
ni el doctor, ni el psiquiatra o ni mi psicólogo lo saben,
no hay teoría aplicada en mujeres.
¿Cómo no voy a estar emputada?
Si es más fácil que agarren a una señora robando comida, leche y pañales en el walmart
que al wey que violó,
mató
o asesinó a una niña.
Yo soy esa perra que gruñe a punto de soltar mordidas,
¿Cómo me pides que no esté así?
Si cada que salgo con falda parece que traigo un letrero enorme que dice:
¡Grítame!
¡Tócame!
¡Acósame, que eso me encanta!
A mí y a mis amigas nos han dicho perras
y mis amigas y yo somos la jauría,
somos esas perras que se lamen las heridas,
se cuidan entre ellas
y se acarician las narices,
se comparten la comida y dormimos acurrucadas en un montoncito
pero también te vamos a gruñir y echar mordidas
si te acercas de más.
Yo soy esa perra,
esa perra que ladra,
Y AGUAS, QUE YO SI TE MUERDO!!!!
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✶⋆.˚ ¿Quién puede pagar el amor? ✶⋆.˚
Amar en tiempos modernos se volvió una carrera donde a quién más le den, más avanza; donde los regalos costosos, los ramos de flores enormes, las vacaciones a playas paradisiacas y todo lo material que se pueda dar o pagar, se vuelve impulso para llegar a una meta que cada vez se vuelve más infinita.
Nunca va a ser suficiente, porque a Kenia Os le llenaron un avión privado de sus flores favoritas, porque a Kylie Jenner le regalaron un auto de más de un millón de pesos, porque a una influencer le regalaron una Birkin, porque a alguien de internet le llevaron un ramo de rosas del tamaño de su cuerpo, una pijama de VS y un regalo de Dior o porque a mi vecina le llevaron serenata, y eso que vive en el mismo barrio que yo.
El amor deja de sentirse y empieza a medirse en una escala de a quien le dan más o menos, pero solo en esos detalles que caben bien para una historia de Instagram, el amor se capitaliza y mercantiliza con cada trend, cada foto, cada post donde el lujo se hace pasar como “contenido” que te enseña que es lo que debe hacer por ti alguien que realmente te ama, porque si te ama: te da flores, te da regalos sin importar su precio, y aún peor, sin importar que ocho horas de la vida de tu persona especial cuestan $315.04, si es que donde trabaja respetan el salario mínimo.
Las muestras de amor dejan de ser la compañía, el sostén emocional, la intimidad, los besos, las cartas a mano o el tiempo de calidad, pasa a segundo plano qué tanto te ame alguien, si es que este no te puede comprar un ramo de flores amarillas de más de $200 cada 21 de marzo, hacer el trend donde tu amade te da un regalo por cada año que cumples o te lleva de vacaciones a la playa, y entonces aparecen en mi las preguntas incómodas:
¿Qué te vuelve merecedor de amor? ¿Quién puede pagar el amor y cuánto cuesta?
No me pregunto quién puede enamorarse, porque eso lo puede hacer quien sea: los estudiantes, la señora que vende memelas en la esquina de la facu, el de los tamales, las personas que vivimos en la periferia, las profesoras, los que tienen más de un trabajo, las putas, los albañiles, la que limpia y cuida hijos ajenos y los cargadores de la central de abastos, todos nos podemos enamorar, pero no todos podemos amar y ser amades igual.
No es lo mismo ser romántico cuando tu papá te dejó un puesto en la empresa familiar, junto con cinco departamentos en Angelópolis y un carro del año que ser romántico heredando las deudas, la ansiedad, violencia intrafamiliar y la necesidad de contar las monedas de cincuenta centavos para ver si acompletas el pasaje o te tocará irte caminando o pedir prestado; no es lo mismo cuando puedes comprar un ramo con peonias y orquídeas y pagar $500 por flor, que ir puesto por puesto preguntando el precio de una rosa sola y todavía, hacer el cálculo: cinco rosas o el pasaje en micro de toda la semana.
Y la cosa es que también el mundo (especialmente las redes sociales) tiene una jerarquía estética muy extraña, pero muy marcada, porque si un hombre hegemónico y con dinero escribe una carta a mano, es un hombre sensible, pero si un hombre moreno del barrio llena una cartulina con corazones y letras de colores es un naco; si uno lleva gerberas envueltas en papel celofán transparente es un jodido, mientras que el otro es un romántico por llevar flores secas, una nota de 5 palabras (porque hay que ser “minimalista aesthetic”) y una bolsa de diseñador.
La misma carta, las mismas flores, la misma intención y el mismo sentir, solo cambia el cuerpo que lo sostiene, el tono de piel, el código postal y cuantos ceros hay después de un uno en la aplicación del banco, y qué cabrón es descubrir que hasta en el romance se cuela el racismo y el clasismo, porque hasta amar bonito tiene requisitos.
Siendo mujer tampoco cambia mucho, porque además de pobres, precarizadas o de la periferia, somos mujeres y con nosotras el amor tiene un cargo extra: invertir tiempo, dinero y energía a ser deseables, porque desde chiquitas nos dijeron que el amor entra por los ojos y entonces una gasta en verse bien, en ponerse uñas, en hacerse las pestañas, el cabello, la ropa, el maquillaje, la depilación y en el perfume que huele a “mujer cara”, porque para nosotras el amor también se volvió un proyecto eterno de inversión donde los intereses son ser amada, como si una tuviera que verse lo suficientemente bonita para ser elegida y no solo eso, sino lo suficientemente bella también para ser diga de ser presumida en una red social, porque el amor ya no es un acto humano entre personas que se aman, sino un espectáculo porque ya no basta con que te quieran, ahora también hay que presumirlo.
Porque si no hay foto del ramo, si no hay historia del regalo o si no hay video del restaurante a donde te llevaron a comer, entonces no pasó, porque nadie más lo pudo ver y así no sirve.
Y luego están las coaches del amor con discursos como “la mujer de alto valor”, “el hombre proveedor”, “no aceptes menos de...” o “la energía femenina” y pareciera que el amor es una suscripción más, porque ya no basta con enamorarte, ahora hay que hacerlo de forma “inteligente”, viendo el amor como si fuera una inversión financiera donde tienes que aprender de activos, pérdidas y rendimientos.
Pienso que el origen de todo está en que muchas mujeres crecimos viendo a nuestras madres quedarse con hombres violentos, inútiles o ausentes y entiendo el miedo, entiendo el querer estabilidad cuando creciste con carencias, entiendo lo doloroso que es crecer viendo a una mujer romperse económicamente, emocionalmente o físicamente por amor, pero entre exigir ser tratada con amor y respeto y una American Express hay un mundo entero, porque a veces siento que cambiamos una jaula por otra, pasamos de “peor es nada” a “peor es que sea pobre” y en medio de todo eso, reducimos el amor al consumo y a las personas a cuánto y qué pueden pagar, porque parece que ya no hay personas buenas o malas, sino personas rentables y personas que no valen la inversión.
Lo que me parece curioso es que la mayoría crecimos viendo mujeres enamorarse con mucho menos; mi mamá no tuvo aviones privados llenos de flores, tampoco mi abuela, las señoras de mi colonia no tuvieron cenas en restaurantes Michelin, tenían otras cosas, un señor llegando con un pollo rostizado después de todo el día en la obra, un boing compartido, una noche de piernas entrelazadas porque hace más frío en las casas del cerro o una caminata agarrados de la mano por cuarenta minutos porque ya no pasó el micro.
Y tampoco se trata de que el amor verdadero sea sufrir o de romantizar la precariedad o de quedarse con hombres violentos o de conformarse, lo que digo es que me preocupa que internet nos esté convenciendo de que amar cuesta mucho dinero, porque si esto es cierto, el amor tiene clase social, y si el amor tiene clase social, ¿Quién puede pagar el amor?